Los mejores efectos especiales son los que no se notan, los que parecen reales. En esta película tenemos dos tipos de efectos: los que se integran a la perfección, y los que, por muy bien hechos que estén, no dejan de ser efectos. La ciudad de Nueva York desierta, abandonada, con la sola presencia de Robert Neville (interpretado con envidiable solvencia por Will Smith), causa desasosiego en el espectador, a la vez que impacta, porque visualmente lo que vemos parece real. Otra cosa es cuando captamos la primera imagen de las criaturas de la noche. CG. Vale. Muy bien hecho. Pero me causa la misma sensación de realidad que cuando veía al Raton Mickey bailar con Gene Kelly en Levando Anclas: no puedo dejar de pensar que alguien ha dibujado esa criatura, y eso me arranca de la poderosa realidad que ha sido creada previamente con el escenario de la ciudad vacía.


Superado ese primer escollo, la película es interesante, hace una adaptación digna de la extraordinaria novela de Richard Matheson, y, como ya he dicho antes, elige un actor capaz de llevar el peso de la historia. La escena prólogo provoca interés y los posteriores intentos de Neville por conseguir el antídoto son el rayo de esperanza de una historia que desde el principio no lo es demasiado.


Buena película, supera sin duda a las anteriores versiones, la protagonizada en los sesenta por Vincent Price y en los setenta por Charlton Heston… aunque siempre nos queda la esperanza de que se haga en el futuro esa gran adaptación que no quede eclipsada por la magia que emana de la novela del gran Matheson.