Muchas veces me he preguntado por qué cada cierto tiempo –tres o cuatro años– vuelvo a ver Blade Runner, cuando no es una película que me apasione de manera especial: reconozco sus virtudes, pero también sus defectos. Sin duda, la respuesta hay que buscarla en su atmósfera: ese L.A. futurista, oscuro y lluvioso, de niebla eterna y humos a ras de suelo, esos colores azulados que recorren el rostro de los protagonistas de manera intermitente, y que destacan la gelidez de una historia que, de forma paradójica, trata sobre la vida –o, si se prefiere, de lo limitado de la vida.
La historia es simple: Harrison Ford recibe la misión de eliminar a seis replicantes (por cierto, ¿cuál es el sexto?), y en el transcurso de su misión se enamora de uno de sus objetivos, una bella Sean Young de ojos tristes capaces de asumir la tragedia de alguien que desconoce su propio origen y a la vez su incierto futuro. Roy Batty (Rutger Hauer), el cabecilla de los replicantes, intentará al mismo tiempo buscar una solución a la fecha de caducidad que tienen impuesta (cuatro años).
En esta última versión se sigue prescindiendo de la voz en off que no aportabamucho en el primer montaje, como no fuera otra cosa que incrementar el ya de por sí aroma a film noir futurista, con la amargura del antihéroe desengañado y molido a palos en cada esquina, incómodo con su destino y desganado con su presente, bebedor y solitario, sin más vida que la ocupada por su misión.
Harrison Ford interpreta con convicción a Deckard, en un registro sombrío que queda lejos de los papeles que interpreta antes e inmediatamente después: el aventurero Indiana Jones y el cínico Han Solo. Y entre En Busca del Arca Perdida (1981) y El Retorno del Jedi (1983), aparece esta rareza llamada Blade Runner (1982), un fracaso en su momento, pero una película mitificada a lo largo de los años hasta el punto de ser ya un absoluto clásico, una película imprescindible, de culto, una joya de cine noir futurista, muy visual, capaz de crear un mundo propio, único, identificable, y que no ha envejecido un ápice con el paso de los años.
Aunque si hablamos de actores, es inevitable hacer referecia a Rutger Hauer, que con apenas quince minutos en escena, ha quedado como el icono de la película, con esa mirada única capaz de introducirnos en la locura más real (y si no, ver Carretera al Infierno (1986), una pequeña joya hoy casi olvidada, y, lo que es peor, ensuciada por el patético remake que se ha estrenado este año), y hacernos creer que no interpreta al replicante líder… sino que es el replicante líder. Supongo que no hace falta explicar qué es un replicante. Basta con ver la película.
Y destacar, cómo no, la presencia de Joe Turkel, como el sumo creador de la inteligencia artificial, al que recordamos, entre otras presencias, en las obra maestras de Stanley Kubrick Senderos de Gloria (1958) y El Resplandor (1980).
“I’ve seen things… you people wouldn’t believe”, dice, casi al final de la película, en el famoso monólogo que aún hoy Hauer sigue haciendo cuando es invitado a homenajes y festivales. Quizá eso mismo piensa Ridley Scott, que en una entrevista reciente señala a Blade Runner y Los Duelistas (una absoluta obra maestra interpretada por Harvey Keitel y Keith Carradine) como sus películas más personales. Quizá lo que no se crea Scott, ni los que vieron la película en el 82, es la evolución que después ha llevado la propia película, desde su gestación, rodaje, estreno y fracaso, y posteriores montajes: el que realizó en los noventa y el que ahora se estrena y se denomina “The Final Cut”, además de su progresiva revalorización.
Menos interesantes me parecen las cuestiones que se plantean sobre si el personaje que interpreta Harrison Ford es o no un replicante: si es un replicante, debe ser de un modelo inferior, porque a todos los que se enfrenta le apalean como si fuera un humano; y si es un humano, que parece lo más lógico, ¿a qué viene ese inserto del unicornio mientras toca las teclas del piano? Son pequeños detalles que sirven para acrecentar la sombra de una película que tiene vida propia y que cada vez es más alargada. Es lo que sucede cuando no se cierran los cabos: se fomenta la discusión y las diversas interpretaciones juegan a favor de su mitificación.
Nadie vive para siempre, así que, ¿por qué no actuar en consecuencia? Así lo hace Deckard, consciente de que, replicante o no, también él tiene una fecha de caducidad. Y así, sin salir de la noche eterna de Los Angeles (no como en la versión del 82, en la que sí salía a la luz del día), de su lluvia constante, sus sombras y su humo, entra en el ascensor con su chica, la única (¿?) replicante viva, en busca de un destino diferente. Un destino, al fin y al cabo, que la aleje de la tristeza en la que está sumida durante toda la película.
De manera irremediable, se quiera o no, ya un clásico.

Muy buen post sobre Blade Runner!! Aunque no comparto lo de la voz en off, que a diferencia de la gran mayoría, me gustó. Ya vi la Final Cut del 25 aniv en Sitges, y la mejora visual de este film queda latente.
Por cierto, colgé fotos mias en mi blog con Rutger Hauer, Douglas Trumbull y Sead Mead (FX Y Diseño gráfico). Si quieres echale un vistazo.
Salu2
Buenas fotos, sí. Yo también estuve en Sitges, pero no pude ver la proyección en el Auditori. A quien si vi, fue a Rutger Hauer en el Casino de la Exposición. Tiene una presencia que, por decirlo en pocas palabras... acojona.
Coincido con el ErCasky muy buen post, y como a él la voz en off me gusta. Y por supuesto carretera la infierno es una pequeña joya con Rutger imponiendo su presencia. Un saludo.